Un corzo a dos millas y nosotros a dos velas.

El pasado domingo y con una hora más de descanso gracias al cambio horario, me tiré con mi amigo Mario en la Playa España.

A pesar de vivir en Gijón, nunca había tenido la oportunidad de probar a pescar en la citada playa. La verdad es que las pocas veces que lo intenté, la mar de fondo del noroeste me lo impidió, pues es un lugar muy expuesto a los embates marinos y al viento del nordeste.

Pero el domingo estaba como una bañera. El día había amanecido espléndido. Sol, temperatura casi veraniega y las previsiones eran muy halagüeñas. Además, algunos colegas me habían comentado que el mar seguía inusualmente calentito para las fechas que corren y eso nos animaba a tratar de buscar el codiciado dentón.

Pasé a buscar a mi amigo un poco más tarde de la hora acordada. Mi mujer me pidió que le fuera a buscar un par de croissants y, ante su capacidad de negociación habitual, no pude negarme.

Mario vive en una casa de campo sita en Quintueles y que verdaderamente es un enclave maravilloso. Rodeado de bosque y naturaleza. La verdad, le pega mucho. Mario es uno de los dos o tres tipos más alegres del mundo. Una de esas personas que nunca ven la botella medio vacía. Es más, es capaz de rellenarla con su alegría natural.

Cuando llegué, me encontré con que estaba hablando en la carretera con un amigo común. Ricardo, más conocido como "Richi", es otro pescador de la zona que también vive en Quintueles. De joven fue un boxeador fino y estilista y ahora, de menos joven (es un poco mayor que yo), es un pescador fino y estilista. Y un consumado especialista en el dentón.

Nos saludamos y le invitamos a acompañarnos. Richi declinó la oferta porque la espalda le estaba pasando factura, pero quedó en esperarnos a la salida.

Nos despedimos de nuestro compadre y procedimos a cargar el material en el maletero del coche. En el breve trayecto hablamos de lo que hablan dos paisanos: de los hijos, que nos van a sacar más de una cana, que qué grandes están, que qué bien les viene dormir sus horas y poco más.

Ya en la playa, nos cambiamos sin prisas pero sin pausas. Primer contratiempo, se me ha vuelto a olvidar el pasapeces. Pero estoy con un señor con recursos y, ya que habíamos decidido ir con una sola boya y juntitos, Mario decide dejar el suyo colgado de ésta para un previsible (y esperanzado) uso común.

Caminamos un breve trecho hasta el agua y al entrar hasta las rodillas compruebo que es cierto que está caliente. Esto es raro, muy raro. 17 grados traerían buenos augurios en otro mes, pero ahora... La verdad es que llevo toda la semana oyendo que no hay un pez, pero es que de un pescador, sea submarino o no, nunca hay que fiarse.

Mario me cede la orilla. Sabe que me encanta pescar a muy poca agua y yo se lo agradezco. Es un anfitrión de lujo.

Terminamos de ponernos las aletas y nada más meter la cabeza en el agua una explosión de vida en miniatura se agita ante mi vista. Comento con mi compañero que esto es buena señal y que es probable que algún depredador como la lubina pueda salir a nuestro encuentro.

Continuamos nadando paralelos siguiendo la línea costera. Levanto la vista y veo a un mariscador en la orilla. Buena señal. Además, el fondo parece muy propicio para el pulpo y la nécora. Y tiene numerosas grietas para que un depredador pueda acechar al numeroso cebo que se presenta ante mi.

Pero pasa el tiempo y no me encuentro con nada digno de mención. Mis sensaciones son muy buenas. Se nota que las horas de gimnasio han hecho su efecto y, a pesar de no haber ido al agua en veinte días, encadeno apneas medias con recuperaciones cortas.

El agua alterna zonas claras con algunas algo sucias y con alga en suspensión. Hay una ligera mar de fondo que levanta arena en los agujeros, así que en esas zonas es poco probable que se encueve algún sargo. Procuro buscar petones que cubran mi avance, para realizar acechos y esperas encadenadas, pero sin ningún resultado. En uno de ellos veo brillar algo a mi derecha. Son unos pequeños sargos que salen corriendo ante mi avance. Eso ya me indica que es una zona muy visitada!!.

De repente, un grupo de lisas sale a mi encuentro. Me acuerdo que al hijo de Mario le encantan y le atizo a una. Como no llevo pasapeces y quiero seguir pescando a poca agua, la paso por la cola de castor allí donde se une con mi zona pélvica (en román paladino, en mis vergüenzas).

Vigilo el avance de Mario y tras fallar a un sargo mediano, al que le tiro con poca convicción, me encamino al encuentro de mi amigo. Le aviso de mi presencia con el extremo de mi fusil apuntando al fondo y situándolo frente a su campo visual, y se lo cedo para dejar la presa en la boya.

Mario me comenta que estamos cerca de una zona "dentonera", así que fondeamos la boya y procedemos a realizar algunas esperas turnándonos en las bajadas. Veo abundante cebo, pero hay una ausencia total de presas dignas de mención. En una de las últimas bajadas, veo a lo lejos un ligero brillo. Me levanto ligeramente de mi posición para atraer la atención de la posible presa y la acción tiene su efecto inmediato. Lo que en un principio parecía un sargo mediano, pasa a convertirse en un pequeño dentón que viene hacia mi como un misil. Pasa junto a mi derecha y decido prolongar la apnea a la espera de que algún hermanito mayor pueda estar en las inmediaciones. Pero nada. Decido ascender a pesar de que aún tengo muy buenas sensaciones, pero es que no se ven ni maragotas. 1' 48", vaya!, no está mal!.

Miro a mi derecha y veo que Mario me hace señas. Tampoco ha visto nada y me dice que vayamos hacia la orilla, que es probable que encontremos alguna lubina. Recojo la boya y me encamino decidido hacia el límite costero. Allí ya se ve algo más de movimiento, pero tampoco es como para tirar cohetes. Eso sí, Mario no miente. Dos furagañas (lubinitas pequeñas) se pasean amenazantes frente a mis gafas, pero su escaso tamaño no me incita a la depredación.

Volvemos a fondear la boya y todavía me pego más hacia tierra. Allí cojo un sargo en una grieta. Rondará los 500 gramos, aunque parecía mayor. Lo dejo en la boya y continúo mi avance. Lisas, lisas y más lisas. Bueno, disparo a otra para mi amigo y dado que estoy lejos de la boya, vuelvo a sujetarla con el mismo procedimiento que apunté al principio.

Retorno hacia la boya, buscando un poco más de agua y el resultado es el mismo. Algún pequeño sargo que huye a lo lejos o algún otro que se acerca confiado hacia mi posición. En resumen, nada.

Hablo con Mario y acordamos salir para llegar a casa a una hora razonable... para nuestras mujeres, claro. A la vuelta me abro siguiendo la línea que forman unos bajos y, por fin, desde superficie atisbo un ligero movimiento entre el alga. Efectúo una suave caída y la silueta de un hermoso pinto de kilo y medio se va dibujando a medida que desciendo. Está en la posición idónea, dándome la cola, y apunto muy despacio a su cabeza. La presa se desplaza ligeramente y corrijo con sumo cuidado la posición de mi fusil.

Vaya con el pinto!.

Este ya no es la primera vez que ve a un pescador, sin duda, pues comienza una lenta huída pertrechado por una visera que se extiende a mi derecha. De su figura, únicamente me deja ver la aleta dorsal y caudal, por lo que puedo continuar apuntando allí donde sé que va a aparecer su cabeza.

El muy puñetero se mete en una grieta y me sitúo en la posición por la que creo que va a salir. Nada de nada. Miro la grieta y esta desemboca en un agujero con cuatro salidas. Bueno, este pinto sin duda se ha ganado el derecho a seguir viviendo, pienso. Y subo para continuar hacia la orilla.

Mario ya me lleva una ligera ventaja, por lo que ya abandono la acción de caza y salgo hacia la playa. Allí nos espera Richi. Sí señor, es un tío de palabra.

Nos saludamos y comentamos la escasez de pescado. Nos consolamos viendo que el pasador tampoco está tan mal. Un par de lisas, otro par de sargos y dos buenas maragotas junto a un abadejo, que seguro harán una buena fritura.

Richi nos ayuda en el trasiego hasta el coche y en el trayecto nos pregunta si hemos visto algún dentón. Le hablo del lance con el minúsculo espárido y me dice que los gordos es probable que ya se encuentren a más profundidad. Este año él ha cogido quince de muy buen tamaño. Uno de ellos de seis kilos y medio. Luego nos enseñaría las fotos y se nos cayó la baba.

Aparecen la mujer y el hijo de Mario, que se apropia al instante de las lisas. Hay que ver lo que le gusta ese pescado al chaval.

Luce un precioso sol y todavía hay bañistas y gente tendida en sus toallas de playa. Hemos tenido una preciosa jornada de pesca, algo escasa en capturas, pero entretenida al fin y al cabo.

Antes de marcharnos, un par de amigos de Mario nos preguntan al pasar si hemos visto algún corzo. ¿?.

Enseguida nos disipan las dudas. En el periódico ha aparecido una noticia en la que se comenta que dos hermanos, pescadores submarinos, han rescatado a una cría de corzo a dos millas de la costa. Y nosotros, a dos velas!!.

Llevo a Mario hasta su casa y tras beber unos “culinos”de la sidra que él maya (cojonuda, por cierto), buscamos la noticia en el diario. Efectivamente, dos chicos de la localidad asturiana de Grado, localizaron entre el suave oleaje a una cría de corzo mientras estaban pescando.

Esta es parte de la noticia aparecida en el diario El Mundo:

"Vimos algo nadando entre las olas, pero no lográbamos reconocer qué animal era", señalaron los dos al concluir su peculiar aventura. Al acercarse, vieron perplejos unos pequeños cuernos, y luego unos ojos grandes y hermosos. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que habían encontrado nadando unas dos millas al norte de la playa un animal nada marino, sino más bien lo contrario.

Entre los dos lograron subir al animal a su lancha y desde allí llamaron al CEPESMA, en cuyas instalaciones Cristina apenas daba crédito a la llamada. Posteriormente, trasladaron al rebeco hasta el puerto de San Juan de la Arena y desde allí el CEPESMA le recogió para llevarle al Centro de Recuperación de esta organización en la localidad de Luarca.

Ya en el Centro, los veterinarios pudieron constatar que el rebeco no tenía anomalías reseñables, y lo único que tuvieron que hacer fue proceder a su rehidratación, a la espera de que el animal no sufra ninguna secuela por el estrés de tan extraña aventura marina.

Por el momento, los técnicos de CEPESMA no han conseguido explicar cómo llegó el rebeco hasta alta mar, aunque hay algún precedente en la costa asturiana de localizaciones de ejemplares de jabalíes o corzos nadando en mar abierto.

Increíble, pero cierto, que diría el castizo.

Yo tengo mi propia teoría. Asturias es una región donde la línea costera rápidamente se convierte en monte. Y en dicho monte abunda la fauna salvaje. De hecho, este verano se avistaron lobos en Cudillero, por lo que no resulta extraño encontrarse cerca de la costa con sus presas habituales: ciervos, jabalíes, corzos. Además, en Otoño comienza oficialmente la temporada de caza y, por desgracia, también hay mucho furtivismo. Probablemente ésta haya sido la razón de la desgracia de tan bello animal. Presionado por los cazadores, seguramente se despeñó por algún acantilado con la gran suerte de caer al mar. Y, contrariamente al hombre, cualquier animal sabe nadar y su instinto le lleva a no luchar contra la corriente.

En definitiva, una bella historia con final feliz y que demuestra que el colectivo de los pescadores submarinos, representados esta vez por los hermanos Juan y Miguel Angel Alvarez Fernández (se apellidan como yo), es un grupo amante de la naturaleza y no unos asesinos indiscriminados, como desde algunos sectores (incluyo a muchos políticos, por supuesto) quieren hacer creer a la sociedad.

31/10/2006 15:11. Autor: Jerónimo Alvarez. #. Tema: Pesca Submarina.

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